Solo el puñado de tres mil y algo de uruguayos que estaban en la Platea Alta Norte, del Estadio Gral. Estanislao López, tenían fe en ver algo como lo que se suscitó. Ambiente familiar de Copa, hasta que el partido terminó.
Creciendo junto a un rio, la ciudad de Santa Fe se brinda receptiva, plural y accesible en torno a dos realidades: lo urbano y el paisaje del litoral. La ciudad multiplica su naturaleza, constituida por islas, playas, bañados, plazas, parques y paseos. Invita al descanso, la tranquilidad y el esparcimiento. Santa Fe lucía orgullosa de ser sede de la Copa América Argentina 2011. Amabilidad, ambiente familiar, cordialidad, todo era real el día del decisivo partido a pesar de estar en Sudamérica. Hoy, (o mejor dicho, antes del sábado) es una pequeña ciudad que se jacta en cada esquina de ser organizadora del evento, y ser proveedora de gran parte de los “crack” que juegan y jugaron en la selección argentina. Desde Nery Pumpido y Lionel Messi, pasando por Ángel di María y hasta llegar a Juan Pablo Carrizo (cuando se los nombró por los altavoces del Estadio popularmente conocido como el “Cementerio de los elefantes”).
La terminal de ómnibus era fiel muestra que la gran parte de la gente que iba al partido no era de la cuidad. Llegaban de todos lados los argentinos, y también, los uruguayos. Hasta colombianos, que al parecer pecaron de poca fe y poseían entradas para el partido del segundo del grupo A y no para el del primero que al fin y al cabo terminaron jugando. En Córdoba estaban los argentinos, que por el contrario y “raramente” habían pecado de lo contrario: excesiva confianza. Los uruguayos empezaron a correr el dato que salía una caravana desde el hotel en donde se hospedaba la selección. No fue así. La puerta del edificio más alto de la cuidad estaba atestada de argentinos que querían ver por un momento al menos, las caras de Diego Forlán, Diego Lugano o Luis Suarez. Camino al estadio, sorpresa. Todo normal, muy familiar y pacifico el ambiente. Solo un “aguante Zaira” se escuchaba. Por momentos se dudaba si se estaba yendo a ver un partido de cuartos de final entre Argentina y Uruguay.
Al entrar el estadio, segunda sorpresa. Por más que había mayoría de uruguayos en la Platea Norte, se compartía tribuna con varios argentinos y abajo estaba “Hinchadas Unidas Argentinas”. Un grupo de “gente” (léase: barras bravas) conformado por delegaciones de 8 o 9 personas de cada uno de los equipos del futbol argentino. Ellos fueron los que más subestimaron la fe uruguaya, los que subieron a la Platea para buscar desmanes y no dejar festejar a los uruguayos luego de finalizado el partido. Fue el momento en que el tercer mundo volvió, como al principio, cuando la mascota oficial de la Copa se agarró sus “partes” ante la hinchada visitante.
La fe celeste siempre estuvo, al lado de los nervios. Santa Fe solo pensaba en Argentina. Pero con el pasar de los minutos, cada vez menos. Así como al equipo albiceleste, la selección uruguaya fue dejando poco a poco no azul, pero si celeste a la cuidad. Celeste de envidia, amargura y desconcierto. Creciendo junto a un rio se fue la celeste ilusión de una nueva copa para el Uruguay. Otra hazaña charrúa se había dado en ese lugar, otra que jamás ningún uruguayo y argentino van a olvidar.